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El dúo sin nada (Crónica urbana)

  • Foto del escritor: candespann
    candespann
  • 4 may 2019
  • 2 min de lectura

Actualizado: 24 jun 2023


En aquel día otoñal en pleno abril él estaba ahí, tendido sobre el suelo, una de las tantas veces en las que parecía un muerto viviente. Qué contrariedades que conviven en el lenguaje popular, pero nunca esta más acertada. Pesaba tan solo unos 40 kilos con 10 años y era un niño alto. Esperaba con ansias, aunque con expresión desolada, esa alerta que lo mantenía noches enteras despierto, mañanas completas heladas, almuerzos vacíos y días sin esperanzas. Saludaba a un hombre de no más de 35 años y a quien parecía ser su pareja de similar edad, todo en su porción de casa, la esquina de Juan B. Justo y San Martín.

Cuando no entraba en el personaje de niño hambriento, lo vivía fríamente, cuando no estaba alzado en los hombros de su madre cuasi enana en comparación con él, vivía su desidia, cuando no pedía monedas con gesto de vergüenza, la padecía como ningún otro.

Semáforo numero mil y pico del día en rojo, se abre el telón y de nuevo se prepara la columna vertebral de aquella mujer morena para cargar un manojo de huesos, él se mantiene con esa expresión característica de tristeza, la cara visible del hambre y de la exclusión social. Se escuchan unos “dale algo” desde un Gol, unos “¿$5 estarán bien?” y el silencio absoluto de varias, por no decir la mayoría, ventanillas bajas: Ecosport, Audi, Mercedes Benz y demás derroches.

Ese niño realmente no parece: no simula comer más de una vez en el día, no simula dormir las horas requeridas, jugar, tener amigos, mucho menos estudiar. No simula ser un niño. Es un pequeño hombre que vive trabajando sin quererlo sobre la espalda de una mujer que tampoco “parece.” Ahora, es muy simple entrar en un utilizado rol cínico que establece que es meramente una elección propia de vida, porque ese muerto viviente, esa morena artrítica, de tener posibilidad de elegir vivir una vida de “parecer” seguramente lo harían. Serían.

Ese Chevrolet Onix rojo pasa y saluda al dúo en cuestión todas las mañanas, cerca de las 9:30, sin excepción. Paquete de galletitas para él, café caliente para ambos, sube la ventanilla y continúa su viaje. No pregunta, no duda, no cuestiona, no discrimina, hace, ayuda. Ese señor mayor sin grandes lujos, no sabe que gracias a su indiscutible gesto heroico esta pequeña familia tiene su única ingesta de proteína y que esta es clave para el buen desarrollo del protagonista de este espectáculo atroz, de esta obra maléfica, de la deshumanización.

El sol se pone y los desgarbados brazos del niño grande comienzan a sentir la ventisca de la que se valen toda la noche, aquellas son las únicas murallas que intentan resguardar a su pequeña madre del frío de la manta rota sobre la vereda de helado material. Tiembla, se hiperventila, la remera regalada sin mangas no es de gran ayuda, sus zapatos son dos retazos de jean unidos con cinta de papel, ese pantalón de cuando tenía 7 años ya casi no le entra. Suspira tembloroso, recuerda su necesidad, su realidad, la vida que lleva de amargura y escasez… Aquella luz pasa a rojo, es hora de un nuevo show.


 
 
 

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