Un bohemio traumado por el arte
- candespann

- 7 dic 2019
- 12 min de lectura
Actualizado: 20 jul 2020
Eduardo Giménez Fitte siente que el fin del mundo llegó, a un día de comenzar las clases puede sentir ese conocidísimo nudo en el estómago y toda la pereza del mundo, porque en el caso de poder juntarse, se personificaría en ese rostro derrotado. Volver a ver ese elitista fuerte inmenso de ladrillos, aquel uniforme característico de la institución, sobrio, elegante, la antítesis de Fitte, sus peores enemigos. Lee y se relaja, comienza el día y la luz del Sol, cual cartel de aire, lo obliga a salir a darlo todo.
Esa vida de country lo reduce a una cosa: un pibe con plata. Pero él quiere ser más, no sabe qué ni cómo, pero todo llega a su debido tiempo. En paralelo con su triste sentimiento de soledad, aquí comienzan, por si no se habían notado, las dualidades de este entrañable personaje: “el solitario y el acompañado, el carismático y el tímido” el que no sabe todavía si quiere ser normal, pero no se esfuerza por serlo tampoco, con el correr del tiempo otros versus se siguen dando pero solamente para hacerlo quien es: Eddie Fitte.
Odia el colegio pero ama estudiar historia y literatura, quedarse charlando con profes y en casa con su papá: “Disfrutaba más de escuchar cómo me contaba él la historia y su opinión sobre lo que había pasado: bueno, Sarmiento era un hijo de puta, San Martín era un genio. Y de escuchar las versiones de la historia, que esa historia oficial que uno estudia viene lavada de personalidades, y los personajes están como... raros.” Su papá, ídolo mayor, a quien disfrutó mucho ayudar en sus momentos más críticos atravesando depresión, le dejó muchas cosas de las que se enorgullece, entre tantas: ser peronista. Siempre tomando hechos y tamizándolos con una pizca de subjetividad y un cucharón de estilo, es así que luego en el periodismo no cree en la objetividad.
Tiene doce años y empieza la fantasía de escribir notas y de admirar a periodistas pero no por simplemente serlo sino por su rol de comunicadores: “Los veía hablándoles a mucha gente y yo quería tener esa posibilidad de conversar de una forma más amplia, siempre fui medio un psicópata de la comunicación.” ¿Quién diría que comienza una etapa tan vertiginosa como encantadora para el niño Fitte? A los quince se topa con la radio en el taller que dicta Martín Pozzo en su secundario, materia extracurricular que convierte los ojos de “Edu” en brillantes como una estrella, aquella en la que se convertirá. Como en la jerga del fútbol, Fitte se pone la camiseta y el juega de diez. Pozzo dice enérgico “Era un pibe que ya destacaba, se corría de lo común. Se le veían las ganas de producir, de formar parte del medio, de comunicar, de escribir, de hablar, moverse, de hacer calle. Estamos hablando de, en aquel momento, un adolescente. De hacerse cargo del equipo, guionar, conducir. Un fenómeno, un fuera de serie desde un primer momento. Era el típico alumno que un profesor quiere tener, porque sabe que las cosas van a salir bien y hay empuje y hay garra.”
Aquel pequeño aspirante a comunicador se siente solo, aunque tiene muchos amigos. Capaz no es que está solo, es que necesita ser escuchado. Llega a su casa del country Mapuche, aquel lugar odioso en el que los problemas van más allá de las necesidades básicas y se traducen a “No se qué auto nuevo comprar” o, en los jóvenes, el vigorizante miedo de qué ponerse; y se sienta en esa cama de reyes, espacio de reflexión, cobija de llantos y de las mejores carcajadas, y habla, y habla y habla horas, con su mamá sentada también en aquella cama, como receptora de todo mensaje que por esa boca sale. Cada parte del monólogo es alucinante, atrapante y marca de enojo, pero también felicidad y pasión, otro contraste del cóctel de emociones que ya el pequeño Fitte acarreaba.
“Soy cómodo por naturaleza, siempre fui un vago medio querible. La inquietud y la locura son las características de mi vida.”

Foto publicada en www.luz.perfil.com
Con Pozzo su pasión por el periodismo llega a lugares increíbles y es con el ciclo radial de La Negra y la revista que se topa con sus primeros trabajos periodísticos y lleva a cabo esa consigna fija de vida: “Yo sentía que si no era simpático o empático, las dos en realidad, después no se iban a acordar de mi, y si no se acordaban de mi después no iba a poder repetir un encuentro y seguir sacando data de todo eso.” Cuenta, con satisfacción que con Martín Pozzo logró encontrarse con eso que ama del periodismo y es el hecho de poder hablar con ídolos. Más allá de las notas entregadas a medios ad honorem, más allá de la plata (que necesitaba) más allá de todo, llegando ahí, al fondo, había algo: amor por comunicar, por ser escuchado y dejar una huella.
Pero para quitar ese idolatre, Pozzo cuenta una anécdota que también lo hace memorable a un tal joven Eduardo Fitte de Pilar: “me acuerdo de un radio-set que hicimos desde un bar donde él estaba totalmente despojado, sin ningún tipo de ataduras frente al público que estaba presente escuchando el programa. Mucho público presente. Y recuerdo que se subió al escenario, donde estábamos transmitiendo, y pegó media vuelta y se bajó los pantalones, y es ese tipo de cosas super desfachatadas, que hacían que el público lo tenga en cuenta y lo recuerde, inclusive hoy después de tantos años.” Ahí está, sea por su forma de comunicar, su estilo o su caradurez, ese excéntrico personaje, que es, nada más y nada menos ya un adulto portador de estilo y de voz. Y queda en evidencia que el periodismo es su terapia, que lo aleja del miedo de la mirada de los demás, despoja de la abstención de introvertirse y da lugar a la indiferencia frente al comentario de odio, que sea por lo que fuera está cargado de ignorancia y resentimiento.
Se gradúa con 9,40 de promedio y se lleva ese premio imaginario del que muy pocos se valen: saber qué quiere en un futuro, de nuevo, no sabe cómo y es así como intenta encontrar su camino en la Universidad de Buenos Aires. En un principio, se interesa por las Ciencias de la Comunicación, hecho que luego odia porque no puede imaginarse estudiando la teoría del funcionamiento de las cosas, luego prueba con Psicología, Antropología, para caer como paracaidista en TEA, con muchas aspiraciones y demasiado para decir.
En paralelo, algo cambia mucho en su cotidianidad: “Acá hay otra confusión, bien propia de estas dualidades que siempre tuve: yo venía de un ambiente muy pudiente, con gente que tenía acceso a otras cosas a las que yo no. Mis viejos se habían hecho mierda con la crisis del 2001 y pasamos de ser una familia acomodada a una familia que por momentos casi no tuvo nada. Y no lo digo de víctima ni mucho menos, nunca hablo de eso porque siempre parece que uno se está poniendo en un lugar medio de llorón y a mi no me gusta llorarlo porque mis viejos jamás la lloraron y yo jamás padecí la falta de nada.” Siempre acompañado por sus padres, Mery y Nacho, su hermano menor, que son los pilares que hacen a la estabilidad emocional de Fitte, su escudo frente a todo prejuicio.
Cuenta, con el sol sobre aquel gorro característico Eddie-Fitteano, sus Ray Ban impecables, barba un tanto desprolija y una cadena bien rockera que a los diecisiete ya había laburado lavando, de bachero, de una empresa de catering, de telemarketer como en tres empresas, de cadete en un sanatorio y en un estudio de contadores. “Siempre fui muy pillo con esas cosas, siempre me fui generando mis espacios para poder escribir.”
Un día de trabajo promedio en ese entonces era terminar sus obligaciones a las 13, 13:30, para tener toda la tarde libre para escribir. En paralelo, porque nunca Fitte se queda quieto, y quiere reinventarse, aprender, deshacer, rehacer, empieza su trabajo en redes sociales: “Fue exclusivamente basado en el resentimiento de no poder estar haciendo y ver que otros hacían, y de ubicarme en la tribuna de los plateístas (que ven jugar y critican el juego en el que no pueden correr) Bueno, por suerte me empecé a sentir incómodo en ese lugar, también eso es crecer. En definitiva, van pasando los que están convencidos de lo que hacen. Yo ahí dije ‘hay que estar convencido de lo que hacés, si no te vendés como un maestro y como el que más publicó sobre eso y el que más fuentes tiene, y ¿por qué van a comprartelo si no lo estás vendiendo?’ entonces, desde un lado más simpático, lejano a la pedantería, vendelo." Así es, con estas sencillas palabras que resume su intento de correr nuevos riesgos para lograr sus metas.
A sus dieciocho años conoce a Carolina Schattner, de ese entonces dieciséis, allí en Pilar, country repleto de sinsabores: su archienemigo y a la vez su mejor aliado. “Yo era muy distinto a los demás de Pilar y la conocí a la flaca y, realmente somos muy distintos, Caro era muy de estar con pibitos lindos de ojos claros, deportistas, prolijos y que hacían salidas chetas a comer. Yo no tenía un mango, era muy rotoso, las primeras veces que la invitaba a salir era adonde me gustaba estar a mi, no se, nos sentamos por ahí en la vereda, a conversar y la flaca no era de ese palo.” Ella muy camisa de shopping y él camiseta del rojo, pañuelos y mochila “de autor” con inscripciones de liquid paper. Ella mejor amiga de su hermana, Mery Fitte, quien no estaba para nada contenta con la nueva unión.
Es para 2010 que empieza a trabajar en Diario Clarín para los Zonales de Quilmes, Berazategui y Florencio Varela, tal y como cuenta su perfil de Wikipedia, una aristocracia biográfica con el título nobiliario de ser figura, personaje de la cultura. Luego es también que escribe para SI! y Ñ, siempre fiel a su estilo. Y allí, en la redacción, que considera en parte odiosa, es que nace su blog Internet me cagó el laburo. “Yo siempre digo ‘me tropezaba, me sentía choto, me ponía a escribir e intentaba sacarme esa sensación de la cabeza, o de convertirla en otra cosa’ así se empezó a viralizar un poquito el blog, entre otros colegas, que lo leían y demás y bueno, ahí empezó un poco la mano. El blog era anónimo, con los que tenía o las que tenía confianza les decía ‘soy yo ese’ si los encontraba leyéndolo.” ¡Ring, ring! teléfono para una nueva dualidad: Fitte intenta salir de lo común, alzar su voz pero no firma en su reconocido blog, sea para no perder su trabajo, sea por ese miedo de la mirada del otro o por lo que fuera, es indiscutible el talento, por lo que TN quiere que escriba en un nuevo blog, en su entonces, nueva plataforma (tn.com.ar) y ese se llama El Desagradable.
Sin saber que su vida cambiaría para siempre, es 2011 y trabaja para Canal 13, en Telenoche, con un segmento llamado Taggeados (en busca de un mundo sin etiquetas) y con él llegan viajes, coberturas y trabajos de enorme envergadura periodística internacional, como por ejemplo, acompañando a los indignados en la histórica ocupación del Hotel Madrid en España, a los estudiantes chilenos en las barricadas universitarias en Santiago de Chile, a los ocupantes romanos del Coliseo (todos estos microdocumentales) Llega aquel trabajo que atesora tanto al día de hoy: es 2015 y no solo publica su primer libro, de la mano de Editorial Planeta (Un culo en mi ventana) sino que es en el dos de abril que presenta documentos filtrados por Edward Snowden, trabajo que realiza con Glenn Greenwald, editor y co fundador de The Intercept, ganador de un Pulitzer. Fue televisado todo por TN y esos documentos muestran el espionaje británico llevado a cabo ilegalmente en la Argentina, por encargo del poder ejecutivo del Reino Unido en complicidad con la NSA, de 2007 hasta 2011. Este trabajo generó que la presidente Cristina Fernández de Kirchner fuera la primera mandataria en encontrarse personalmente con Edward Snowden. Al hablar sobre esta investigación se pueden ver los mismos ojos de aquel “Edu” embelesados con aquella misma pasión, que mueve montañas.
En noviembre de 2017 es cuando Fitte y Schattner se convierten en marido y mujer.
Termina de tomar ese café negro cual tinta china, ya frío como helado. El sol parece no poder brillar más y el viento deja de ser una calma brisa y pasa a ser violento. Eddie Fitte cuenta que de la mano de Canal 13 surgieron cosas muy lindas, también con Polka, como sus tres temporadas de De Barrio. Pero es noviembre de 2018 y presenta su renuncia al Grupo. En un contexto de falta de diversión, de trabajar en un medio con ideas opuestas a las suyas (aunque respetuoso de su libertad de expresión) y compañeros con los que se siente falto de compañía, decide dar un paso al costado a aquel canal que le dio popularidad, porque sea allí o en otro medio, Eddie Fitte es Eddie Fitte por su estilo inigualable.
“No reparo, a veces, en lo que hice porque me pierdo y mis decisiones me parecen inconscientes, pero también me gusta ser inconsciente, porque la conciencia a veces te pone medio pelotudo. Dije: ‘este no es tu laburo. Es un escritorio, son tres cámaras, cuatro luces, seis técnicos, yo no me voy a poder quedar veinte años haciendo este laburo del orto.’ No es porque sea del orto, pero no reunía las condiciones que necesito para divertirme.” Esto que explica, casi de forma despreocupada, fue causa de consecuencias terribles, tales como ataques de nervios, ansiedad y pensar día y noche “qué mierda hice, estaba re bueno, era tirar un sumario y poder hacer cualquier cosa, con el presupuesto bajado.” Y es en ese año que no solamente publica Pungueate este libro, segundo de la mano de Grupo Planeta, otro en el que cuenta cuentos “desagradables” en los que camufla, a modo de diario íntimo cosas vividas, escuchadas y algunas un poco inventadas, de su vida de country; sino que también abre su productora Nadie, de la mano de Fernando Mántaras (jefe de realización) y Josefina Hassan (Productora ejecutiva) Volviendo a lo que hacía aquel Eduardo de 15, aquí es donde Eddie produce, guiona, crea contenido, entre otras cosas.
“Me cuesta mucho decirlo porque se que suena poco modesto, pero yo siempre quise ser artista, no un periodista. Creo que la característica de todas las cosas que hago es, teniendo una cuota de subjetividad tan grande y de interpretación tan particular, que bueno, eso es artístico. Creo que me falta un montón para que me denominen así, de hecho siempre me esforcé porque me llamen escritor y no periodista. Me di cuenta que me interesaban las artes, la literatura, el cine. Y es por eso que en Nadie estamos haciendo una película: Una vida karateka.”
“La verdad es que es un amigo más que un socio. Mi relación con él es excelente: nos complementamos muy bien, él sabe cómo leerme bastante bien y yo también lo leo a él, entonces es como una dinámica de ida y vuelta que se ha formado y está buenísima. La verdad es que es una gran persona, a la cual yo admiro mucho.” Dice Mántaras, quien más allá de ser un compañero, es un entrañable amigo de Fitte, con quien también comparte los sábados de fútbol, ritual Fitteano. Además, en otras palabras, agrega que Eddie cuenta con una energía muy especial, que provoca que cada personaje se abra y se sienta cómodo.
A partir del cambio laboral, Schattner, su mujer, deja en claro lo que a diario “Edu” hace, habiendo cambiado su cotidianidad por completo: “Se levanta temprano, le gusta estar mucho en casa: trabajando disfruta mucho de estar acá y le cuesta salir. A la mañana/mediodía se va al gimnasio, que lo hace todos los días para descargar, almuerza y durante el día se reúne con el equipo de la productora. Hay momentos en los que graba y por ahí pasa de estar en casa a no estarlo por días, por irse de viaje.”
Caminando hacia la cancha que alberga al equipo de fútbol del que el personaje en cuestión participa, cuenta, vestido de Adidas pero sin perder su esencia rockera e independiente: “A veces el personaje se me va un poco más lejos de lo que soy y me condiciona, pero está todo bien porque me da de comer Eddie. Piensan que soy un descontrolado y cero, no puedo ser menos así, la gente con la que interactúo me tira 'che Eddie, vamos de joda y bla bla bla' y yo soy cero de joda, cero descontrolado. No soy Chano, de Tan Biónica.” Otro claro ejemplo de contraposiciones en la vida de Fitte y de cómo actúan los prejuicios por su forma de vestir o de hablar, dignos de cualquier estrella de rock, pero que esconden al mismo sensible que dice “parezco una persona super confiada pero después soy de madera balsa, ¿viste? Me quebrás con nada.”
Cerca del final del encuentro, que se dio primeramente en Distrito Arcos y que termina en la cancha que tanto adora, Eddie se toma el tiempo de explicar la metáfora que esconde en su cuento Todo por el Flan, de Pungueate este libro, que trata de un periodista que, con el afán de crear hechos noticiables, comete las peores atrocidades: “No creo en el periodismo de la primicia, me parece que se le terminó dando un valor a quién lo dice primero que es super tóxico, que con tal de ser el que da el título, muchas veces en la profesión se recae en los peores errores. El periodismo debería ser un análisis de la realidad, más que noticias.”
16:10 del sábado soleado con viento huracanado, será que el clima representa a la perfección a Eddie Fitte, aquel artista dual, periodista por profesión, escritor por elección, comunicador innato y dueño de un personaje único. Se da media vuelta, corre sobre ese piso repleto de piedras y grita “Voy a jugar, ¡gracias guacha!” y en ese segundo aparece todo muy claro: Eduardo Giménez Fitte y Eddie Fitte no solo comparten cuerpo, también aventura, vigor, pasión e intentan dejar aquella huella, cliché del que todos hablan, pero pocos dejan. Este es Eddie Fitte, esta es la vida de quien hace lo que quiere “y me chupa un huevo.”




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