Tiempo sin nombre, grito del feminismo actual
- candespann

- 23 may 2019
- 9 min de lectura
Actualizado: 24 jun 2023
“La desnudez durante la tortura, la aplicación de picana en la vagina y pechos, las observaciones obscenas y manoseos, nos hacían vivir en una situación de permanente zozobra, que se agregaba a la de la desaparición” Miriam Lewin, sobreviviente de lo que llamará un campo de concentración durante la dictadura cívico militar argentina.
Ese testimonio que estremece, esa sensación de ser mujer, el escalofrío que recorre todo el cuerpo, su fortaleza. Valentía de guerrera armada, realidad de una mujer sufrida. Casi diez mil desaparecidas durante ese calvario cínicamente llamado Proceso de Reorganización Nacional. Trescientas mujeres detenidas en la Escuela Mecánica de la Armada (Esma) Muertes, torturas, violencia en todo nivel, robos, trabajo esclavo, partos en centros clandestinos, sensación contínua de encierro, miedo, mucho miedo, hambre, abusos sexuales.
En una pequeña sala del que fue el centro clandestino de detención, Esma, llamada “Yo acuso” se reproduce un video. Poco a poco todos se acercan y ese continuo murmullo del recorrido se funde en un silencio respetuoso y casi desgarrador. La oscuridad del espacio es absoluta y da lugar a una luz incandescente que proviene del proyector que, solitario y metódico, reproduce testimonios del horror. De ese lugar en el que todos permanecen, quietos e inmóviles, donde mujeres fueron abusadas continuamente, violadas, agredidas, menospreciadas, avergonzadas, y que, despojadas de toda esperanza, lucharon para contarlo. Se oye en aquel clip la frase “Las víctimas se empoderaron para denunciar".
En aquel archivo no solo se escuchan trozos de historias de las más aterradoras sino la voz de la valentía, un rol de mujer poderosa dentro de tanto miedo. Ese se nota que es distinto al sentido en aquel momento vivido, es el miedo al descreimiento.
Ana Testa, ex detenida en la Esma desde noviembre de 1979 hasta mayo del ‘80, en cuanto al interrogante de si hoy en día siente que tiene voz, a diferencia de aquel momento de clandestinidad, comenta: “Creo que son ustedes, las jóvenes, las que nos abrieron el camino para poder entender este fenómeno. La verdad es que es muy rico y es la lucha de las mujeres gregariamente, colectivamente. Es la sonoridad que tienen ustedes que nos ha hecho a nosotras entender que podíamos hablar de esto. Que podíamos explicar esto públicamente, sacándolo del área judicial".
Este concepto del poder de la sororidad de las voces es el impulsor de la conocida lucha. La feminista, la de estas mujeres que pasaron por todo, la de cada mujer que se considera como tal, porque si hay algo mayor que toda violencia física y hasta la muerte, y es que nunca se pueden despojar de una persona sus ideales.
Fotografías de Ana Testa
Mientras tanto, Miriam expresa: “Hoy tenemos voz las que decidimos hablar del tema. Pero no puedo dejar de pensar en que pasó demasiado tiempo. Que primero tuvimos que probar que existían las desapariciones y los centros clandestinos porque los militares lo negaban, que luego se investigaron los robos de bebés y de propiedades. Y que recién ahora se empezó a hablar de lo que hicieron con nuestros cuerpos". Esto que comentan ambas, en breves palabras, resume a la perfección el tiempo que tuvieron que soportar todo tipo de abuso las mujeres en la Esma, aquellas mujeres con escudos del saber, armas de lucha social y heridas de muerte.
Hace siglos se mantiene viva una cosa, un sentimiento repugnante, un motor que enciende ese vehículo que conduce sin fin, la culpa. Según testimonios de mujeres como Ana y Miriam, esto abundaba, no solamente por la relación directa y comprobada entre la iglesia y los responsables de estas atrocidades, tampoco por el rol estatal de esta institución que cada vez pierde más peso social, sino por la sensación de las mujeres que, en cautiverio, solo podían pensar en su culpabilidad, mero hecho que se desprendía de que sentían el deber de ser violadas para, de esa forma, no solamente continuar con vida sino también tener posibilidad de saber sobre sus seres queridos.
Miriam ejemplifica con el caso de una mujer que en aquel momento no sabía dónde estaban sus hijos, que tenía vulnerados todos sus derechos: “no podía ignorar que su vida dependía de quien ‘caballerosamente’ en apariencia o de una manera encubierta la pretendía sexualmente. La ausencia de la brutalidad manifiesta generaba culpa, como la genera en las víctimas de abuso sexual infantil, que sienten que si aceptaron un regalo o algún privilegio es porque hubo consentimiento. Y la culpa obtura la conciencia y la denuncia".
El video, en esta sala, se sigue reproduciendo, cada testimonio duele, cada lágrima desprende varias en los rostros de los televidentes, cada palabra escribe con sangre no solamente el diario íntimo de la sobreviviente sino también la historia de nuestro país. Una chica ve el archivo y se aprieta su, ya gastado y sucio, pañuelo verde, señal de su lucha, otro chico niega con la cabeza mientras un gesto de impotencia aparece diréctamente al escuchar sobre las repetidas violaciones de una ex detenida. El video termina.
Durante un minuto, aproximadamente, el silencio es absoluto, la tensión se siente a flor de piel y se escuchan frases como “qué horror” y “tengo la piel de gallina” En un pequeño clip se logra empatizar con las víctimas y el “ponerse en la piel” de quien relata su historia se torna un lugar incómodo e insoportable, un lugar al que nadie quiere ir, los recuerdos de aquel momento negro como aquella sala, de vaya a saber las diferentes torturas recibidas, tiempo sin nombre, sin derechos, sin humanidad.
El plan era sistemático y metódico: una vez ya secuestrada la persona y ya llevada a la Esma, se proseguía con el interrogatorio de la mano del personal de Inteligencia y después se le sacaba una foto al nuevo detenido/a. Con ella y agregando información básica (además del famoso número de identificación asignado, que se convertiría en su nuevo nombre durante toda la estadía en el centro clandestino) se le hacía una ficha.
La mayoría de las personas eran llevadas al tercer piso, a lo que llamaban “cucha” donde los detenidos permanecían acostados en una colchoneta, esposados y encapuchados. Sin saber dónde se encontraban, repletos de miedo, incertidumbre, pidiendo por su vida, enojados, tristes.
El sitio es muy oscuro y se siente mucho calor, quien brinda la visita guiada establece que pudo albergar de ochenta a cien personas y que en invierno hace un frío que duele y en verano, calor extremo. En este lugar, llamado Capucha, entre esa gente, estuvo Ana. “Recién al día siguiente me pude dar cuenta de dónde estaba” comenta, más que nada por el ruido ensordecedor del tránsito y los aviones pasando muy cerca.
El motivo de la visita a este centro clandestino es conocer, entre otras cosas, la muestra “Ser mujeres en la Esma” lanzada el pasado 14 de marzo. Revisa la historia del sitio desde la perspectiva de género, por primera vez. “Celebro que la muestra tenga testimonios para volver a mirar. Porque por un falso respeto a las mujeres que habían atravesado esas experiencias traumáticas, se silencian sus voces. ¿Cual es la sensibilidad que determina que no hay que hablar del tema?” comenta Miriam Lewin.
En relación a lo anterior, agrega: “Una compañera que no había querido declarar en la época del Juicio a las Juntas me recriminaba muchos años más tarde que no la hubiera obligado. ‘Solo pude sacarme la capucha cuando hablé’ me dijo, Y si los delitos fueron de lesa humanidad, es decir delitos contra la humanidad y no contra una persona, ¿por qué pensamos que hay que tener el consentimiento de la sobreviviente para hablar de ellos?”
Fotografías de Miriam Lewin
También, es contundente el testimonio de Ana Testa sobre el día del lanzamiento de la muestra temporaria: “La experiencia del 14 de marzo fue muy, muy rica. La maratón fue interesantísima, entre las mujeres de la justicia, las mujeres sobrevivientes y las jóvenes, que de alguna manera tienen una participación muy activa en todo este tema. Me pareció valioso que ellas retomen la historia, una historia desarrollada hace cuarenta años, tomen eso, se lo apropien, lo tengan, y lo consideren como parte de la lucha".
El relato de esa historia de cinismo sigue mientras se recorre en profundidad “Capucha” y luego se sube a “Capuchita”. Es complejo entender cómo caben dos personas en esa minúscula escalera que conduce a una habitación sangrienta. Por más de que uno intente no caer en ese lugar común de, como se expresó antes, “ponerse en la piel de” la imaginación toma esa licencia y, segundo a segundo, recuerda que por ese lugar pasaron muchas personas vendadas, tratadas peor que la basura, golpeadas, muy golpeadas, con almas resquebrajadas, todo por una idea.
El guía se para bruscamente, así también quienes participan de la charla histórica. Explica que esos lugares tenebrosos eran las celdas para mujeres embarazadas detenidas, quienes parecían no estarlo para aquellos monstruos sin remordimiento, hasta el mes siete. Es decir, eran secuestradas, torturadas y demás como cualquier persona que no lleva en su vientre otra vida. A partir de ese mes eran alojadas en las celdas, actualmente de aspecto espeluznante. Se estima que treinta y seis bebés nacieron en el centro clandestino Esma.
Al lado de aquellos calabozos disfrazados de hospital, se encuentran los baños. En cada uno, que no pueden ser visitados por dentro, se ven fragmentos de testimonios de mujeres sobre la pared, traídos de un proyector. Nuevamente, cada palabra es una puntada en el pecho. No bastaba con las torturas, los golpes, el abuso sino que las mujeres debían pasar por más, todo en la cabeza de aquellas bestias de uniforme.
Eran llevadas a los baños para ducharse en frente de oficiales, violaciones aseguradas. “Ser obligada a defecar en frente de represores, a bañarse desnuda delante de gente que te miraba, a veces sin verla, porque a veces, te hacían bañar con los ojos vendados” expresa Lewin y puede verse su testimonio en la muestra de mujeres en la Esma.
“Con respecto a si yo estuve presente en violaciones de otras compañeras, no. Yo, no te olvides, pertenezco a finales del 79, mayo del ‘80. En ese período eran como más ‘cautelosos’ en el tema este, lo que sí pude entender en el debate con las compañeras, es el ensañamiento de ellos. Es decir, era parte de la tortura ese empecinamiento, que tiene mucho que ver con el tema del abuso", cuenta Testa.
Ana luego ejemplifica la ferocidad hacia Graciela García Romero, secuestrada en el año 76. “En realidad, puntualmente, hay una compañera, que fue objeto reiterado de violaciones indiscriminadas, básicamente por el responsable del centro clandestino, que era el ‘Tigre’ Acosta, y, además, ella, al ser lesbiana, el empecinamiento era mucho mayor". El recorrido por la ex Esma continúa, cada recoveco grita Nunca más.
En 2015 se amplió la acusación a 40 imputados por delitos sexuales en la megacausa Esma. Se les pregunta a Ana y a Miriam qué opinan al respecto, que se discrimine del resto de delitos y torturas, y la primera responde: “Considero que es muy importante que se defina el delito de abuso sexual porque, en realidad, la mujer, como lo relatan muchas compañeras de los primeros años de la Esma, el abuso sexual, la violación concretamente era además una tortura más, la cual no tenía el varón. (...) la mujer sí, eran golpes, picana eléctrica, violación. Era un hecho". Este testimonio deja en evidencia el rol de la mujer en aquel centro clandestino, su posición de objeto, vulnerabilidad, en manos de represores sin alma, sin corazón, robots del horror. La discriminación trasciende todo hecho, se las discrimina por ser mujeres.

Fotografía propia de la muestra de la mujer en la Esma
La segunda, agrega: “La sentencia de la megacausa Esma 3 dejó, lamentablemente, afuera las acusaciones por delitos sexuales. En medio de la algarabía por la condena a pilotos de los vuelos de la muerte y otros, pasó desapercibido". Pero añade en aquel testimonio que, poco a poco, las sobrevivientes se van atreviendo a hablar gracias al “calor de la ola feminista” que no da chances de retorno a aquel momento negro, muy negro, de acallamiento.
La visita guiada termina, se emite un video que trata de resumir las partes de la causa Esma. El primer juicio deja procesado a Héctor Febres por apropiación sistemática de menores nacidos en cautiverio. El segundo juicio culmina por prisión perpetua a 14 imputados, entre ellos a Alfredo Astiz, Jorge Eduardo Acosta, Ricardo Cavallo y a Adolfo Donda. Dos represores absueltos. El tercer juicio deja 48 condenados de 67 procesados. 13 acusados no llegaron a ser juzgados (unos fallecieron y otros fueron apartados por razones de salud) Víctimas: 789. Finalmente, el cuarto sigue en proceso pero lleva 17 procesados, entre varios muertos y otros culpables absueltos.
“Todavía no hay, a pesar de que esto ya está considerado como delito de lesa humanidad, no hay nadie que haya sido condenado por este delito, todavía. Medio como que todavía los tribunales lo pasan por alto". Comenta Ana. Miriam concluye: “Y recién ahora se empezó a hablar de lo que hicieron con nuestros cuerpos. Efectos del patriarcado y me hago cargo de que muchas de nosotras lo reproducimos y fortalecemos, como si nos hiciéramos cargo de lo que los varones hicieron, y no solo los represores sino también lo que otros militantes decían de nosotras. Putas y guerrilleras".
Termina esta experiencia repleta de dolor, la presión en el pecho sigue latente, las palabras no pueden gritar lo que siente el corazón, todo queda grabado en la retina, todo queda plasmado en la memoria. Cada espacio, cada silencio, cada aroma a encierro, la oscuridad. Cada testimonio nos lo apropiamos, las mujeres de la lucha feminista.
Porque se pueden tener opiniones contrapuestas en cuanto a diferentes causas de lucha social, pero en una debe haber fortaleza y pelea unánime, y es en los derechos de todas. Derechos que fueron completamente arrebatados por aquellos hombres. Con esta sensación de bronca, repudio, indignación y con varias lágrimas en los ojos, se alzan puños en un grito colectivo de Nunca más.


















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