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Escapó de la violencia en los 50 y este año festeja sus 94 años de lucha

  • Foto del escritor: candespann
    candespann
  • 20 jul 2020
  • 4 min de lectura

Actualizado: 22 jul 2020

Es 1952 y en un carro a caballo, con lágrimas en los ojos, junto a su madre y 3 hijos,

saludó a su marido violento para no verlo nunca más. María Luisa Zanussi que ahora

tiene 93 años, es de Santa Fe. Madre, abuela, bisabuela, y una luchadora desde

dondequiera que se la mire. Sentada en su mecedora frente al televisor, a su izquierda

Elena, su hermana de 92 y compañera, mira impaciente el reloj atrasado en aquella

pared blanca aunque amarillenta por la luz cálida de pocos watts. Ve que llega su nieto

y apaga la televisión. Ya está peinada y con sus mejores ropas, se enciende la cámara

y comienza recordar. 


Batalló con armas muy precarias aunque con el motor del  amor: “Mi alegría es esta

casa, es donde me siento a salvo”. Se ríe a carcajadas y llora desconsoladamente. En

aquel sitio es donde se siente segura, esas cuatro paredes blancas en el interior, ese

techo de tejas y las piedras del frente, jardín con árboles frutales y sitio de sus mejores

recuerdos. 


Esboza el que parece su gesto pensar y comienza: “Cuando era chica, en casa

éramos 6. Cuando papá murió éramos muy pobres". Con la Pirincha (Elena) tenían

que ir a pescar al río para comer, incluso sin zapatos, con poca ropa. Su hermana

recuerda cuando iban en canoa con un remo roto y llevaban a un pescador, que sintió

mucho miedo cuando empezó a llover. “Llegamos bien, para nosotras era como la

nada misma. Nos reímos mucho después, estábamos acostumbradas".


A sus 16 años apareció Daniel Reynoso, de quien tendrá que escapar Luisa. Luego de

un año de conocerse es que ella se embarazó de Blanca. Su mamá, Asunta Capela, la

obligó a casarse. Empezó el tormento. “Era alcohólico, estaba todo el día en el bar. A

veces se iba por días y volvía y me golpeaba, abusaba. No se fijaba siquiera, no

teníamos para comer". Llora fuertemente y lo que sigue es un tanto ininteligible, no

puede repetirlo porque apenas tiene aliento. Ella estaba cocinando, embarazada de su

último hijo, llegó Reynoso y comenzó a discutir. Luisa no pudo quedarse callada, así

es que de un abrir y cerrar de ojos, vio una escopeta apuntando a la panza. Le pegaba

cachetadas y la agredía sin cesar. 


A los 8 meses de su primera hija, Luisa tuvo que, con todo el dolor del mundo, dársela

a su mamá para que la cuidara. Su marido era cada vez más violento y no había

ningún futuro. Según la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (Femi) “Hacer la denuncia no es nada fácil porque la víctima  generalmente piensa en las

represalias, en el factor económico y cómo salir adelante con hijos". Luego de Blanca,

nacieron Hugo, Susana y Stella, quienes vivieron en ese hogar hasta 1952.


Cuenta su familia que la casa en la que Luisa vivía en Oliveros, Santa Fe, con Daniel y

sus 4 hijos era “un ranchito” con piso de tierra pero con un jardín precioso, obra de

esta mujer. Es en aquel patio en el que a veces quería arrancar frutos para darles de

comer a sus hijos, pero su marido se enojaba y se comía “cuando el quería” Será por

eso o por añorar poder haber disfrutado de ese espacio, que Luisa tiene un terreno

enorme actualmente, con cerezos y manzanos. 


“Mamá fue a visitarme. Agarramos las pocas cosas que teníamos, a mis hijos y fuimos

a la comisaría. Le dije al policía que hacía la denuncia y dejaba la casa por malos

tratos y por no tener para comer". El jefe de la policía de Oliveros reconoció a Daniel y

la ayudó a Luisa dándole su prontuario, ya que lo habían detenido varias veces.

“Vayase ya, y cualquier cosa que pase, cuenta conmigo". Empezaba su nueva vida.


Llegó el trabajo en la pizzería de Avenida Alberdi, como ayudante de cocina. Después,

en la fábrica de bolsas de arpillera, donde ya trabajaba Elena. Ahí es que se jubiló, con

manos ásperas y vista de águila. Siempre quiso ganar lo que sea, es así que cuenta

su familia que en los juegos de cartas se guarda el ancho de espadas debajo de la

manga.


Luisa y Elena vivían en Rosario cuando se hizo noticia que allá mataban gatos para

comer y asaltaban supermercados. “Ellas estaban viviendo en mi casa y decídí con

Luis, mi marido, traerlas a Buenos Aires, vender esa casa". Cuenta Blanca. Buscaron

terrenos, compraron y los estafaron, hasta que consiguieron tres parcelas en La Reja,

donde tenían casa Mirtha Legrand y Niní Marshall. Para comprar, Luisa desembolsó

sus escasos ahorros, guardó varias jubilaciones, Stella aportó de su sueldo, pidieron

plata y se consiguió con mucho esfuerzo, pero solo era un terreno. 


Más de 15 años le costó tener ese lugar en el que hace años se cobija. Al principio, no

había baño ni agua. Sus nietos siempre la recordarán como “la leona de su familia”. Así

es María Luisa Zanussi. La misma mujer que creció en la miseria, se casó con un

miserable y se reinventó día tras día. Es la misma que siempre tuvo sed de ganar, por

lo menos algo, y que ganó lo más anhelado por todos: con esfuerzo construir su

búnker, y el amor de una familia que siempre la recordará como la valiente mujer que dio su vida por el bienestar de todos. Y siento el deber y el orgullo de terminar esta, su

historia de vida, diciendo que aquella mujer del bien, es mi bisabuela.

 
 
 

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